El sindicalismo en la Transición Española (III)

 Creación del modelo de representación sindical basado en elecciones sindicales y comités de empresa

Una vez desaparecida la organización sindical vertical franquista, los sindicatos españoles se vieron ante el dilema de cuál sería el tipo de representación sindical que se elegiría en las empresas. CCOO, asentada en los sindicatos franquistas con miles de delegados, defendía un sistema de elecciones sindicales en el que se movía a su gusto. Para estos sindicatos era primordial la creación de estos organismos unitarios que serían representados con independencia de su afiliación sindical. Una medida de este tipo significaba debilitar a las organizaciones sindicales, pero CCOO lo prefería así suponiendo que sus delegados ganarían de forma aplastante las elecciones y que la federación a nivel de rama de los distintos comités de empresa forzaría la convocatoria del congreso sindical constituyente que daría paso a una central única española, dominada por supuesto por cuadros de CCOO. Recordemos también que CCOO se definía como un movimiento asambleario. No disponía de organización, carnets, cotizaciones ni afiliados. La resistencia de sus delegados a crear una organización de esas características bsándose en el carácter asambleario del trabajador español, daban un apoyo favorable a las elecciones sindicales.

Por su parte, la UGT defendía un modelo basado en Secciones Sindicales, similar al alemán, que daría protagonismo al sindicato en la negociación colectiva al margen de organismo unitarios, puesto que UGT como siempre había boicoteado las elecciones sindicales durante el franquismo y por lo tanto no tenía delegados en los sindicatos del régimen. Las secciones sindicales de empresa de UGT no serían organismo unitarios. Serían estructuras insertas en la organización de UGT y sujetas a su disciplina. El mayor interés de la UGT en estos momentos, consiste en asentar su estructura y atraerse al mayor número posible de sindicalistas independientes y del sindicato vertical. La estrategia ugetista conducía a forzar la desaparición del Sindicato Vertical cuanto antes, para desplazar de sus posiciones institucionales a los sindicalista de USO y CCOO y lograr el reconocimiento del naciente régimen democrático (Ver Cambio 16, nº 292, 17/7/77, págs 32-33 y Cambio 16 nº 304, 9/10/77, págs 39-40).

A lo largo de 1.976, a medida que CCOO comprobaba el progreso y desarrollo organizativo de la UGT y los positivos intentos de captación en la USO, se iba viendo la necesidad pragmática de transformar a Comisiones en un sindicato de corte clásico. Una asamblea celebrada en julio de 1.976 todavía se mantuvo en sus trece de definir a Comisiones como un movimiento. Será el PCE a partir de agosto, el que comienza a hablar de la necesidad de transformar a CCOO en un sindicato. Por estas fechas el PCE inicia los contactos con el gobierno que llevarán a su legalización. A mediados de octubre de 1.976, en una tumultuosa reunión, la coordinadora general de Comisiones Obreras, estando presentes unos 150 delegados, decide por fin la conversión de Comisiones en un sindicato de corte clásico y la convocatoria de un congreso constitutivo. Tusell da la fecha de febrero de 1.977 como del primer encuentro directo y secreto entre Carrillo y Adolfo Suarez. El 9 de Abril el PCE es legalizado. Las elecciones generales se celebran el 15 e junio de 1.977 y marcan el mapa político español, con una gran organización de izquierda, el PSOE. El congreso constitutivo de CCOO se realizará del 21 al 25 de junio de 1.977, con lo que se observa que la transición sindical fue siempre detrás de la política.

A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. La UGT aprovechando el tirón del PSOE consigue escindir a la USO de la que un sector muy importante se pasa al sindicato socialista arrastrando a gran número de cuadros sindicales expertos y veteranos. Por su lado, CCOO sufre las escisiones que darán lugar al Sindicato Unitario (SU) y a la Confederación de Sindicatos Unitarios de Trabajadores (CSUT) vinculados respectivamente a la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y al Partido del Trabajo de España (PTE).

Es difícil hablar de todo lo ocurrido en aquellos dramáticos días en los que reuniones secretas con el gobierno se sucedían, las estrategias variaban por semanas y en las que el PCE pactó su legalización y el apoyo de CCOO a los Pactos de la Moncloa.

En definitiva, quien finalmente impondrá la celebración de elecciones sindicales será el gobierno de UCD que las anuncia para 1.978. UGT no pudo ir contra esta medida porque su experiencia de boicot a las elecciones sindicales durante el franquismo la había llevado a dar protagonismo a CCOO y la repetición de la jugada no auguraba nada bueno. En cuanto a Comisiones Obreras las defendió a ultranza, esperando crear así los organismo unitarios que le dieran protagonismo atacando el sindicalismo clásico de la UGT basado en secciones sindicales.

Celebradas las elecciones en el primer semestre de 1.978 dieron la victoria a CCOO pero no hasta el punto de aplastar como esperaban a la UGT que aprovechando el tirón del PSOE en las elecciones generales de junio de 1.979 quedó configurada como segunda fuerza sindical en esas fechas y en 1.980.

En este contexto se movía la CNT, muy dañada por la represión ejercida sobre el movimiento libertario tras el estallido del Caso Scala y la consiguiente campaña mediática de intoxicación y desacreditación meticulosamente orquestada desde las cúpulas del estado. El desencanto de la sociedad y el derrotismo de la clase trabajadora habían menguado la fuerza del anarcosindicalismo, que veía alejarse la perspectiva de una revolución social mientras soportaba una dura represión policial y mediática.

Pero había que hacer balance de lo acontecido y adaptarse a los nuevos tiempos que corrían. Inmersa en plena crisis y con una militancia dividida, la Confederación Nacional del Trabajo celebró su V Congreso entre los días 8 y 16 de diciembre de 1979 en la Casa de Campo de Madrid.

El V Congreso de la CNT y la primera escisión

Ya por entonces el clima estaba muy enrarecido. Las infiltraciones en la CNT habían sido numerosas, destacando por ejemplo la de los marxistas, que culpaban de todos los males de la CNT a lo que los llamaban despectivamente «exilio-FAI». Esta acusación no tenía ningún sentido puesto que la FAI se reorganizó en España tiempo después que la CNT. Hay que señalar que este hecho fue siempre muy usual en la historia del anarcosindicalismo español. Cuando los sectores más reformistas querían controlar la situación echaban la culpa de todos los males a la FAI -como por ejemplo hicieron los treintistas-, a la que acusaban de dirigismo y de grupo de presión dentro de la CNT. Sin embargo, la historia nos ha demostrado que la FAI no tenía ese cometido y que jamás dominó sobre la CNT, porque sencillamente la propia CNT no se habría dejado.

También se había dado el caso de otros grupos que atacaron a la AIT, ya que pretendían integrar a la CNT en otras organizaciones internacionales de trabajadores. En esta línea marxista destacaron, por ejemplo, los anarcocomunistas de Mikel Orrantia con su periódico “Askatasuna”, estando muy cercanos a las tesis de los plataformistas de Archinov.

Pero un nuevo problema interno iba a afectar a la CNT, y éste mucho más grave de cara al V Congreso. Habían surgido dentro de la Confederación sindicatos paralelos a ella misma que actuaban de forma premeditada y con órdenes del día establecidos. Se les conocía como “Grupos de Afinidad Anarcosindicalistas” y estaban en la línea de actuación de Autonomía Obrera-Liberación, Movimiento Comunista Libertario, consejistas, marxistas, reformistas, etc.

El 10 de junio de 1979 el Secretariado del Comité Nacional anunció que estaba investigando a los Grupos de Afinidad Anarcosindicalistas y terminarian siendo expulsados en septiembre del mismo año por organizar una estructura paralela que doblaba a los órganos de la CNT con el objetivo de alterar el rumbo de la anarcosindical y reformar su táctica sindical mediante el control de las delegaciones que acudieran al Congreso. Estos grupos serían conocidos como “los paralelos”, responsables de una de las más burdas intentonas por intentar manipular los acuerdos de la anarcosindical. Entre los expulsados se contraban José María Berro y Sebastián Puigcerver, ambos miembros del Comité Nacional. Las expulsiones se repitieron en otros sindicatos y feraciones locales.

Mientras tanto, el exilio por fin había aclarado su situacion y acudiría al V Congreso la CNT de España como tal y el exilio integrado en ella. Con el tiempo la CNT exterior pasaría a denominarse Comité Regional del Exterior.

Todos, dentro y fuera de la CNT, eran conscientes de la importancia que tendría este comicio. Finalmente, el Congreso abrió sus sesiones, a las que acudieron 380 sindicatos y 40 con representación indirecta, lo que hacían un total de 420 sindicatos. Aparte de todos los puntos de normativa orgánica y estructura interna de la organización, el primero de los grandes temas importantes sería el de la estrategia laboral y sindical, donde ya se manifestaron fuertemente las dos corrientes de opinión. Fue aquí donde algunos sindicatos plantearon la participación de la CNT en el modelo sindical basado en los Comités de Empresa.

Para los reformistas, las causas de la reciente crisis del «sindicalismo de clase y autónomo» se debía a «la automarginación de la CNT, a la ingenuidad y el exceso de ideologización de la práctica sindical» de los anarcosindicalistas. Frente al «maximalismo empleado como arma y argumento permanente en la lucha», planteaban «la necesidad de devolver a la CNT su identidad perdida», que para ellos tenía como base «la necesaria defensa de los intereses de los trabajadores, la lucha por mejorar las condiciones de trabajo y vida, arrancando al capitalismo cada vez más parcelas de poder y decisión».

A pesar de sus reiteradas declaraciones de retorno a lo que ellos entendían por los orígenes de la CNT, los reformistas aceptaban como hecho consumado el modelo sindical de los Comités de Empresa, copia sin retoques de los Jurados Mixtos, los Comités Paritarios y los Jurados de Empresa que siempre rechazó la CNT y que fueron causa de su marginación con la dictadura de Primo de Rivera y con la Segunda República (tras los decretos de Largo Caballero, promulgados precisamente para favorcer a la UGT) y motivo de exclusión de la lucha sindical en el seno de la CNS franquista.

Aunque la participación en los Comités de Empresa se convirtió en el principal punto de disputa del V Congreso, lo cierto es que los que estaban dispuestos a pasar por el descrédito de las elecciones sindicales mantenían una visión tan idealista como irreal del sindicalismo del momento. Para ellos, todavía era posible levantar y sostener una CNT revolucionaria -como la que se añoraba desde 1936- dentro del contexto de la época (a pesar de la firma de los pactos de moncloa y el apoyo mayoritario de la sociedad a la constitución de 1978). Creían que la CNT aún podía ser la «tercera fuerza sindical», como repetían machaconamente, y mantener el mismo ritmo de crecimiento y fortalecimiento que había disfrutado en los primeros años de la transición. Esto es importante ya que esa percepción de la realidad sindical y social española que promulgaban -y que luego se demostraría erronea- de una CNT sólida e imparable en su crecimiento y con un gran colchón social que la respaldaba, la significaban como lo bastante capaz para no dejarse engañar y aguantar las embestidas y tentativas de absorción por parte del capital, como sí le había ocurrido a las Comisiones Obreras.

Y si este crecimiento no se producía -según ellos-ó si se tenía una sensación de retroceso, sólo se debía a la intransigencia ideológica de un oscuro entramado, al que llamaban despectivamente «exilio-FAI», que defendía un «anarquismo anquilosado». De nada servía alegar que parte del exilio apoyaba sus postulados, como de nada servía explicar que algunos grupos ácratas reagrupados en la FIGA (Federación Ibérica de Grupos Anarquistas) secundaban sus propuestas.

Como ya hemos dicho, frente a las críticas de sus antagonistas, los reformistas oponían un transfondo reousseauniano: los sindicatos de la CNT serían capaces de participar en un sistema «continuista que desde el gobierno, capital y centrales reformistas se nos venía imponiendo […] perpetuando la institucionalización de las relaciones laborales y la acción sindical» sin corromperse, sin caer en «el acomodo que se observa en la mayoría de los militantes y secciones sindicales de otras organziaciones». La CNT, buena por naturaleza, no sería corrompida por el nefasto sistema vigente.

El otro bloque, deminado por los reformistas «exilio-FAI», también creía que la revolución social era posible en la España de 1980, como lo fue en la de 1936 y como lo habría podido ser en la de 1975. Pensaban que si todavía no se había iniciado el proceso revolucionario, se debía a la destructora intervención del estado y de la patronal, por medio de infiltrados policiales (Caso Scala), por no mencionar las intentonas de manipular la Confederación por parte de los grupos trotskistas.

Pero los reformistas estaban decididos a renovar de arriba abajo el anarcosindicalismo y fuera de la CNT también contaban con aliados. Muchos estudiantes y medios de comunicación alternativos, especialmente la revista “Bicicleta”, se alinearon con la idea de «renovar la CNT». También otros núcleos que habian quedado al margen de la reconstrucción confederal incitaban una renovación que les permitiera actuar abiertamente en los sindicatos cenetistas. Entre estos merece la pena destacar al PS (Partido Sindicalista), formado por un puñado de afiliados que habían intentato resucitar el viejo partido de Ángel Pestaña. Al frente del PS estaba José Luis Rubio Cordón, un antiguo falangista que había formado parte, como otros afiliados del partido, del FSR (Frente Sindicalista Revolucionario), organización de corte falangista.

Finalmente, y tras un intenso debate, la propuesta fue rechaza por una amplia mayoría de los sindicatos. El Congreso consideraba que las elecciones sindicales trasladaban el parlamentarismo burgués a la empresa. Se aceptó en su lugar la asamblea de fábrica, pero la CNT mantendría su propia personalidad en ella. Se posicionó a favor de los convenios colectivos y de la negociación, siempre y cuando en ésta no interviniese el estado. Las negociaciones nunca irían en detrimento de la pérdida de derechos de los trabajadores. Como puntos básicos de negociación entraría la reducción de jornada laboral y el adelantamiento de la edad de jubilación. El Congreso rechazaba también la regulación de empleo y los expedientes de crisis, comprometiéndose a luchar por una plataforma reivindicativa de clase. Por último habría que destacar el rechazo al Estatuto de los Trabajadores pues se consideró que potenciaba el sindicalismo reformista, la contratación temporal y el abaratamiento del despido.

El último punto del congreso fue la relación de la CNT con otros organismos y organizaciones. Por aplastante mayoría se aprobó el mantenimiento de una relación fraternal con la FAI y la FIJL. En lo internacional se tendría relación con la IFA (Internacional de Federaciones Anarquistas) y se ratificó la adhesión a la AIT (Asociación Internacional de los Trabajadores).

Pero ya antes de finalizar, cincuenta y dos delegados partidarios de «las tesis renovadoras» y por lo tanto disconformes con la posicón mayoritaria ante las elecciones sindicales, queriendo romper el congreso, leyeron un comunicado denunciando que en el comicio se estaban produciendo -según ellos- falta de libertad de expresión, autoritarismo, violencia y amenazas. Estos delegados con sus sindicatos abandonaron el congreso, pues éste se negó a suspenderse.

Posteriormente estos delegados impugnaron los acuerdos y convocaron del 25 al 27 de julio de 1980 un nuevo Congreso Confederal en Valencia al que acudieron 300 delegados y más de 100 sindicatos. Allí se posicionaron a favor de los Comités de Empresa y se aprobaron las elecciones sindicales.

De esta manera ratificaron la ruptura, quedando escindidos de la CNT, que de este modo lograba matenerse fiel a los principios anarcosindicalistas. Los objetivos de esta escisión no eran sino arrastrar a la Confederación hacia posturas que históricamente no le correspondían, arguyendo que soplaban nuevos vientos para el sindicalismo. Todo esto provocó una querella importante, tanto a nivel moral como general, pues las siglas fueron usurpadas por los escindidos a la legitima CNT.

Tras el V Congreso se eligió a un nuevo Comité Nacional -convirtiéndose José Bondía Román en el nuevo Secretario General- pero la escisión marcó profundamente el devenir de la CNT. Los medios de comunicación se hicieron eco de esta trascendental noticia, dando cobertura informativa sobre todo a los escindidos -aceptar las reglas del juego tenía sus recompensas-, que tras su Congreso pasarían a llamarse «CNT-Congreso de Valencia».

Esta nueva organización estableció una estrategia sindical completamente distinta a la que había sido aprobada en el V Congreso de la CNT: aceptaban subvenciones y participar en las elecciones sindicales, los diferentes comités tenían poder de decisión y contaban con militantes profesionales o liberados, tanto en los Comités de Empresa como en la propia estructura confederal. Y a pesar de todo esto, y sin ningún tipo de escrúpulo, áun se decían herederos de la CNT.

Aun así durante 1980 la actividad de la CNT no paro. En la línea de recuperación del Patrimonio Histórico, se produjo la ocupación y recuperación en el 1º de Mayo del local de Villaverde Alto. La ultraderecha seguía golpeando, y ese año fueron asesinados Arturo Pajuelo, militante de los movimientos ciudadanos y Jorge Caballero, militante anarquista. También se participó en diversos conflictos laborales entre los que destacaron el encierro de trabajadores en Torrejón de Ardoz (Madrid), junto a los sindicatos CSUT y SU, así como los conflictos de Cádiz, Huelva o Bilbao.

El 23 de febrero de 1981 se produjo el golpe de Estado patrocinado por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. La CNT condenó el hecho y llamó a una huelga general. La anarcosindical catalogó el golpe, no como un hecho aislado, sino como la culminación de todo un proceso premeditado.

Se continuó en la lucha por la recuperación del patrimonio y por el reintegro de los archivos históricos de la organización, llegando a un acuerdo con el Instituto de Historia Social de Ámsterdam, donde se encontraban los documentos de la CNT.

El VI Congreso de la CNT y la segunda escisión

En las elecciones generales legislativas celebradas el 28 de octubre de 1982 se produjo la victoria electoral del PSOE, con 202 escaños. La CNT hizo campaña por la abstención y advirtió del grado de colaboracionismo que la socialdemocracia había mantenido en toda su historia como parte integrante del capitalismo.

Pero la CNT continuaba con su declive. A esto se unió que el Secretario General, José Bondía, actuó de manera ejecutivista al tomar decisiones por encima de la base de la CNT, lo que provocó fuertes fricciones en la ultima etapa de su ejercicio. Incluso se mostró favorable a presentar a la CNT en las elecciones sindicales.

Pero además Bondía se sirvió del cargo para intentar imponer sus planteamientos reformistas a la organización y desviarla así de sus principios, llegando incluso a mantener contactos -de espaldas a la organización- con Alfonso Guerra, vicepresidente del gobierno. Las promesas del PSOE ponían sobre la mesa una auténtica oferta de compra de la CNT.

Con este panorama tan dispar se llegó al VI Congreso de la CNT celebrado en Barcelona entre el 12 y el 16 de enero de 1983, acudiendo a él 209 sindicatos, 12 regionales y mas de 500 delegados. Aunque la gestión del Comité Nacional fue aprobada -la trama por entonces era ignorada por la militancia confederal-, José Bondía seguía opinando que la CNT podía ser reformista o sindicalista revolucionaria según las circunstancias. Tan movido fue este Congreso, que el punto mas candente -de nuevo, las elecciones sindicales- no se resolvió aquí sino en uno extraordinario en Torrejón de Ardoz, celebrado entre el 31 de marzo y el 3 de abril del mismo año.

Antes de continuar es importante destacar la reunión mantenida por entonces entre Bondía y Alfonso Guerra, en la que el por entonces vicepresidente del gobierno dijo:

«No pienso aceptar un sindicalismo a tres, CCOO, UGT y CNT, sino un sindicalismo a dos, UGT y CNT, pero para eso, la CNT, debe poner los pies en la tierra y aceptar las elecciones sindicales»

Esto debió de calar hondamente en Bondía, consciente además de que sería grátamente recompensado, y días antes de la resolución del VI Congreso con respecto a las elecciones sindicales, envió a los medios de comunicación un comunicado donde afirmaba que la CNT aceptaba las elecciones sindicales. Esto confirmaba, una vez más, la estrategia que ya expuso en su momento Indalecio Prieto, ministro de la II República:

«Es imposible combatir a la CNT desde fuera porque, en mi experiencia, la CNT es un toro que se crece con la represión, no resulta positivo hacerlo de esa forma. En cambio, es muy fácil hacerlo desde dentro, con lo que se consigue, si no hundirla, sí debilitarla sustancialmente»

Pero Bondía erró en su presagio y tras un tenso debate el Congreso Extraordinario ratificó los acuerdos del V Congreso condenando los comités de empresa y las elecciones sindicales. Por lo que estos nuevos acuerdos volvieron a provocar una escisión y veintiseis sindicatos abandonaron la Confederación. Los escindidos pasaron a unirse con la «CNT-Congreso de Valencia», formando así lo que ellos llamaron la «CNT-Renovada».

En líneas generales se ratificó todo lo acordado en el V Congreso aunque, tras el VI y el Extraordinario, la Confederación se encontraba muy mermada en fuerzas, merced a las escisiones que había sufrido. Como el nuevo Comité Nacional estaba también a favor de las elecciones sindicales, presentó la dimisión y un Pleno Nacional de Regionales eligió a Fernando Montero como nuevo secretariado de la CNT.

Aunque tras los congresos de 1983 la CNT quiso volver por los caminos de antaño, las escisiones la habían dejado en situación casi residual. Comenzó además una lucha a partir de entonces por la legitimidad de las siglas frente a los escindidos y por la recuperación íntegra del patrimonio histórico robado por el franquismo, lucha que se extendería en el tiempo y llegaría hasta nuestros días.

Mientras tanto, en su afán por conviertirse en la «tercera fuerza sindical», y así justificar la necesidad de su ruptura, los escindidos fueron perdiendo señas de identidad anarcosindicalistas y absorbiendo a los pequeños núcleos sindicales descontentos que venian del sindicalismo reformista. Y todo esto para que, según sus propios datos, su representatividad a día de hoy no se acerque al 2%. Pero esto en el fondo ya es lo de menos porque ¿qué sentido tiene colocar una organización en la cúspide de la representación sindical a costa de ir haciendo concesiones, desechar los principios que la originaron y su razón de ser?

En 1989, tras el dictamen judicial favorable a la CNT-AIT, la pérdida de las siglas obligó a los escindidos que formaban la «CNT-Renovada» a adoptar otro nombre: CGT (Confederación General del Trabajo). Este cambio fue aprovechado por el sector más reformista para llevar adelante sus propuestas en el congreso celebrado un par de meses después, con una organización prácticamente dividida. Esta división terminaría por generar la primera escisión de los escindidos, dando lugar al nacimiento de Solidaridad Obrera.

La Confederación Nacional del Trabajo había retomado sus esencias, pero no sin pagar un alto precio: una dolorosa ruptura sindical, una considerable pérdida de militantes y una sensación de amargo desencanto que tardaría en superar.

Llegados a este punto, y a modo de conclusión, creemos que hay que tener el valor suficiente para llamar a las cosas por su nombre, para admitir lo que se es, lo que se hace y reconocer el papel que se representa: la vergüenza de intentar aparentar algo mucho más legítimo y honrado de lo que en realidad se hace. Ese papel lo representa fielmente CGT todos los días, y no hablamos de las personas, sino del origen y posterior trayectoria consumada y contrastada de esta organización. Por todo lo estudiado en este apartado (y las posteriores experiencias vividas), no podemos sino afirmar que CGT es el resultado del intento más burdo del poder por destruir la CNT.

Pero, una vez más, no se había logrado acabar con la CNT. Si bien la anarcosindical tendría que afrontar ahora la larga travesía del desierto de los años noventa.

Fuente

Democracia y sindicalismo de Estado. Elecciones sindicales en el área sanitaria de SevillaFernando Ventura Calderón.  Ed. Fundación Anselmo Lorenzo

Proceso Escisionista

 

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El sindicalismo en la Transición Española (II)

Se inicia la firma de los pactos sociales

Los sindicatos sirvieron como instrumentos de consenso en cada una de las grandes empresas de sectores siderúrgico y naval. Su propósito consistió en evitar que las decisiones que afectaban a millares de personas fueran tomadas sin su consentimiento y, en este sentido, evitaron un estallido social de conscuencias incalcuables. Su actuación fue, por tanto, responsable (Tusell, en Marín Arce, 1.997:12)

Los sindicatos más comprometidos con la defensa de la democracia, UGT y CCOO, comenzarán la era de la firma de los grandes pactos sociales a partir del triunfo de la UCD en las primeras elecciones generales de 1.977. Ya que no se pueden lograr beneficios mediante una movilización de dudosos resultados, y que corre el riesgo de destabilizar la democracia, hundir la economía y destruir las naciones organizaciones, se impone negociar con el gobierno y la patronal, y llegar a acuerdos al margen del conflicto.

Estos pactos estarán totalmente fuera del control de las bases de los sindicatos y de los trabajadores en general. No pudieron intervenir en el proceso de negociación, ni tampoco comprenderlos. Fueron escritos en un castellano farrogoso y difícil, para que no puedieran ser entendidos.

Finalidad de los pactos

El primer Pacto Social, el de los Pactos de la Moncloa, no fue firmado directamente por los sindicatos, sino por los partidos políticos, PCE y PSOE, que en 1.977 dominaban a los aparatos sindicales. Teniendo en cuenta que las facilidades en el despido habían sido promulgadas anteriormente por el gobierno, al eliminar la obligación del empresario a readmitir al trabajador en caso de despido improcedente (derogación del art. 35 del D. L. de Relaciones Laborales del 8/4/76, que eliminaba el “incidente de no readmisión”), con los Pactos de la Moncloa, los partidos de izquierda y los sindicatos se comprometían con una política económica de control de la inflación que consistía, en lo fundamental: primero, en imponer un tope a los incrementos salariales (la tasa de inflación de 1.977 fue del 27%, y el tope salarial del 22%); segundo, intentar crear empleo, por el procedimiento de bonificar a los empresarios, abaratándoles las cuotas de Seguridad Social; y tercero, disminuir los subsidios a los trabajadores desempleados. Esta política liberal ha continuado durante 20 años con resultados positivos muy dudosos en América Latina, en otras zonas del planeta y nuestro propio país.

A cambio se entendía que a partir de este momento UGT y CCOO adquirían el status y el monopolio de representantes legales de los trabajadores ante el Estado. A pesar de las resistencias de algunos sectores de CCOO, una vez recibida la consigna de defensa de los pactos, CCOO se dedicará con entusiasmo a su implantación y cumplimiento, convocando miles de asambleas y mítines por todo el país. UGT fue a este respecto mucho más comedida, dadas las reticencias del PSOE. Pero mientras que los sindicatos sí cumplieron los pactos firmados desde arriba, los empresarios los incumplieron en lo que a ellos les tocaba en cuanto a reparto fiscal, creación de empleo y derechos sociales. Incumplimientos sistemáticos denunciados por Felipe Gonzales y otros líderes de la izquierda que no obtuvieron respuesta sindical.

Todos los acuerdos posteriores, desde la firma en 1.979 del Acuerdo Básico Interconfederal (ABI), entre la CEOE y la UGT, hasta la última Reforma Laboral suscrita por la patronal, CCOO y UGT seguirán la misma tónica: regulación de la negociación colectiva, regulación de las condiciones de trabajo y contratación facilitando el despido al empresario, topes salariales, incentivos económicos y subvenciones a los empresarios y, como contrapartida, institucionalización de las organizaciones sindicales (UGT y CCOO), y patronales (CEOE y CEPYME).   La promesa en 1.977 fue que con estas medidas se saldría de la crisis y se acabaría con el desempleo.

Comisiones también acta. Competencia con la UGT

CCOO fue inicialmente más tímida a la hora de firmar los pactos sociales. Pero las reticiencias se debían a las maniobras políticas del momento. Marcelino Camacho estuvo en un principio en contra de los Pactos Sociales, pero a favor de los Pactos Políticos (en los que intervenía el gobierno y los partidos) y que darían mayor protagonismo al PCE. Sin embargo, la iniciativa del sindicato socialista la arrastró a esta política de buen grado o por la fuerza.

La administración del Estado para nada quería un sindicato hegemónico conflictivo. Mientras CCOO siguió una política moderada, en consonancia con las tesis del PCE, la UGT intentó desgastar a la UCD en beneficio del PSOE, con escaso éxito dada su mínima implantación. UCD, por su lado, tanteó a la USO, procurando promocionarla como tercera fuerza sindical durante algún tiempo. Las presiones de la CEOE sobre Adolfo Suárez, en el sentido de evitar la colaboración con el PCE, llevaron al centro a aliarse con los socialistas y la UGT. Inmediatamente, la UGT se desmarcó de las movilizaciones y las huelgas, y se lanzó a pactar con la patronal. Todos estos movimientos políticos se sucedían de forma mareante, y quien un mes era radical, al siguiente amanecía responsable y unitario.

A mediados de 1.979 UGT firma con la CEOE el acuerdo Básico Interconfederal (ABI), una declaración de intenciones que preparaba el camino a sucesivos pactos. Se inica de inmediato otra tanda de reuniones para concretar el Acuerdo Marco Interconfederal (AMI), en cuya negociación intervienen la UGT, CCOO y CEOE. Pero a finales de año y aunque en el proceso negociador CCOO había contribuido positivamente a la redacción del texto, la modificación unilateral el mismo por UGT y la CEOE hace que CCOO se retire y denuncie el pacto, que será firmado finalmente el 5 de enero de 1.980 y el 1 de marzo se decreta el Estatuto de los Trabajadores por el gobierno, en el que la UGT interviene a través de las enmiendas que introduce el PSOE en el texto (Marín Arce, 97:213-214).

CCOO reacción a estas medidas llamando a la movilización, constatando que sus convocatorias no eran respondidas en la medida de lo esperado por una parte y por otra, que en ocasiones acababa siendo rebasada por los propios trabajadores o por otros sindicatos situados a la izquierda. En este sentido hubo diferencias entre los procesos movilizadores de 1.979 y 1.980, decididos en las cúspides con finalidades políticas y que al decir de CCOO debían ser “controlados, graduales, coordinados, masivos, no indefinidos y de no excesiva duración, evitando la conflictividad” (Martín Arce, 97:209-210). 1.979 fue el año de mayor número de huelgas, pero no el de mayor entusiasmo.

UGT por su parte, después de la firma del AMI se desmarcó de cuaquier conflicto, cumpliendo escrupulosamente su parte del pacto, en lo que se refería a la aceptación de los topes salariales.

Recordemos que tanto los líderes del PCE como CCOO se encontraban comprometidos en una lucha por entrar en las instituciones del sistema democrático y presentarse así como gestores con capacidad de gobernar. Deseaban mostrar una imagen de identidad con el nuevo régimen y de moderación (aceptación de la monarquía heredera del franquismo, empleo de la bandera bicolor, renuncia al lenisnismo, Constitución, …). Quedar al margen de los pactos significaba perder representación institucional, beneficios económicos, locales sindicales y aumento de estructura. Todo ello iba en detrimento de la organización que les estaba ya dando empleo.

También era visible que los líderes sindicales desconfiaban profundamente de la iniciativa de los trabajadores. Movilizarlos significaba quemarlos o correr el riesgo de ser rebasados o la humillación de no ser secundados con la pérdida de legitimidad subsiguiente. Y de todas formas se afirmaba que un movimiento excesivamente vasto pondría en peligro la siempre presunta delicada salud de la democracia, molestando a unos militares apartados de la política pero irritados con los problemas del separatismo y el terrorismo. Con este tango a paso de voy pero vengo supuso la demoralización generalizada de los trabajadores y la aparición del desencanto hacia 1.978/1.979: las huelgas no obtenían resultados. El paro continuaba aumentando. Los mensajes ideológicos del Estado auguraban el desastre si continuaba la conflictividad. Los líderes de izquierda reforzaban estos mensajes. Además, los sindicatos contribuyeron a individualizar, localizar y focalizar las luchas, rompiendo la solidaridad entre los trabajadores. En consecuencia, la firma de los pactos por CCOO llegó trambién de forma inevitable, dado que anteriormente los habían apoyado con los hechos.

Oposición frontal de la CNT

La CNT se opuso a estos acuerdos desde un primer momento, consciente de que representaban un coste muy elevado para la clase obrera, no sólo por la pérdida de derechos económicos y sociales para los trabajadores, sino también porque pretendían dar por cerrado el proceso de reforma política, poniendo punto final a las aspiraciones rupturistas y revolucionarias. La crítica anarcosindicalista a los Pactos representaba una amenaza tanto para las medidas de reajuste económico, que hacían recaer el peso de la crisis sobre una clase trabajadora combativa como la española, como para el modelo sindical impuesto.

Durante él ultimo tercio de 1977 la CNT fue construyendo una convergencia de las fuerzas sindicales y sociales que estuvieran contra el Pacto de la Moncloa y que en algunos momentos hizo dudar hasta las dinámicas sindicales de los aparatos y las cúpulas de CC.OO. y UGT.

En este contexto, el Comité Regional de Cataluña de la CNT tomó la iniciativa de proponer a los Comités de Cataluña de UGT y CC.OO., la formación de una mesa de análisis y discusión crítica conjunta del Pacto de la Moncloa. De estas jornadas que las delegaciones de los tres sindicatos catalanes desarrollaron durante el mes de septiembre y octubre de 1977, surgió el acuerdo de convocar a una manifestación en contra de los Pactos de la Moncloa, que tuvo lugar en Barcelona en octubre, y en la cual participaron 400.000 trabajadores. Fue este el primer y último acto unitario del movimiento obrero durante toda la transición.

De lo que se trataba con la manifestación era de desbaratar el pacto entre el estado y el conjunto de la burguesía que pretendía poner en cintura al conjunto del movimiento obrero español y disciplinarle al plan de estabilidad. Es decir, que se resignara a perder todo lo conquistado en la lucha contra el franquismo para recomponer las condiciones de la explotación de trabajo ajeno. La burguesía sabía que sin este consentimiento del movimiento obrero, la transición al chollo de la democracia era imposible.

Y la gravedad del asunto no estribaba tanto en el propio radicalismo de la CNT, sino en que ésta había conseguido que su razón política gravitara sobre las secciones catalanas de UGT y CC.OO, haciendo posible que esa cualidad reivindicativa suya se trocara en cantidad superando las limitaciones ideológicas y organizativas del movimiento obrero en Cataluña. Por lo que ante la manifestación de 400.000 personas recorriendo las calles de Barcelona en octubre de 1977, saltó la alarma entre la patronal de que lo ocurrido en Cataluña se extendiera por el resto del país como una mancha de aceite. Fue cuando la partidocracia burguesa de derecha e izquierda se puso a temblar, decidiendo cortar esta movida a sangre y fuego, utilizando todos los medios, incluidos los ilegales, para evitar que el movimiento obrero a escala nacional se alzara unido contra el proyecto de la burguesía y del gobierno.

Las protestas en contra de los Pactos de la Moncloa tuvieron una gran extensión, reflejando la oposición de los trabajadores a pesar del papel que jugaban las direcciones sindicales de UGT y CCOO fuera de Cataluña. A lo largo de todo el mes de noviembre se celebraron grandes manifestaciones en las principales ciudades del país.

Así fue cómo lo primero que acordaron hacer los demócratas cerrando filas en torno al gobierno postfranquista, fue aislar a la CNT para conseguir que las disidentes cúpulas catalanas de UGT y CC.OO. volvieran al redil de la transición pactada. Los dirigentes de CCOO no tardaron mucho en seguir vergonzosamente la postura de Carrillo, haciendo todo lo posible por desmovilizar y desilusionar a los trabajadores. La dirección de UGT, que inicalmente había rechazado la idea de un pacto social, tanto antes como después de las elecciones de junio de 1977, comenzó a retroceder, manteniendo una postura más ambivalente y afirmando que el PSOE había obtenido mejoras en las condiciones de los acuerdos.

La CNT se estaba quedando sola en la batalla y pasó a ser el único gran sindicato que nucleaba un frente contra el pacto social en el que se agrupaba buena parte de la izquierda radical, otros sindicatos de corte asambleario y algunos movimientos sociales. Pero lo que convertía a la CNT en un peligro potencial no era su fuerza en aquel momento, sino su posible capacidad para encauzar el descontento social que inevitablemente iba a producirse.

En estos años creció desorbitadamente el desempleo y se produjo un fuerte incremento de la carestía de la vida. La calidad de la vida de los trabajadores y de las clases populares sufrió un importante deterioro, que no tenía la debida respuesta porque las fuerzas mayoritarias de la izquierda ya habían aceptado el pacto político y social y no deseaban poner en peligro lo logrado. En estos momentos se percibía con claridad la posibilidad de un golpe de estado militar que devolviera al pais a la situación anterior. Ante esa disyuntiva la izquierda mayoritaria prefirió pactar para conservar lo conquistado y el precio fue hipotecar la fuerza de los trabajadores y renunciar a la posibilidad de crear un sindicalismo fuerte y autónomo.

En diciembre de 1977 el gobierno de Suárez decretó la nueva ley de elecciones sindicales para determinar la representatividad de los sindicatos. La no delegación de las responsabilidades a través del voto llevaba a la CNT, lógicamente, a no aceptar las elecciones sindicales, que además constituían (y constituyen) la puerta de entrada a toda la corrupción sindical: subvenciones, liberados, cargos remunerados, ejecutivismo, etc.

CNT lideraba un gran movimiento social y cultural que no encajaba en el sistema que se estaba configurando. Al mismo tiempo, las organizaciones sindicales CC.OO. y UGT, en perfecta sintonía con los criterios del PCE y el PSOE, terminarían asumiendo los Pacos de la Moncloa incluso con entusiasmo y hasta lo proclamarían como una gran victoria de los trabajadores. Por todo esto, no se podían dejar cabos sueltos que pudiesen poner en peligro el programa económico pactado por los partidos políticos y poco después asumido por sus sindicatos correspondientes.

Y entonces llegó el 15 de enero de 1978, día en el que la anarcosindical había convocado una nueva manifestación en Barcelona contra los Pactos de la Moncloa y las elecciones sindicales y a la que acudirían unas diez mil personas.

Poco después de finalizar la manifestación, la sala de fiestas barcelonesa “Scala” comenzó a arder a causa de un artefacto explosivo; cuatro empleados fallecieron, de los que tres eran afiliados a la CNT. No pasó mucho tiempo hasta que los servicios de polícia acusaron al movimiento libertario de estar detrás del incendio, lo que dio comienzo a una campaña de acoso, desprestigio e intoxicación contra la CNT, amplificada por los medios de comunicación.

El caso Scala marcaría un punto de inflexión para el anarcosindicalismo y con el comenzaría la crisis de la CNT y del anarquismo español en general. La pesadilla había comenzado.

Pero para el sindicalismo subvencionado la fiesta no había hecho más que conenzar con el primer reparto del pastel. Al día siguiente de la manifestación, entre el 16 de enero y el 6 de febrero de 1978, se celebrararon las primeras elecciones sindicales a comités de empresa -CNT mantendría su acuerdo de no participar- donde CCOO y UGT obtuvieron en conjunto más del 70% de los delegados. Aún así, se produjo una notable abstención, mucha de la cual provino del boicot que la CNT realizó. La abstención se calculó entre un 20% y una 60% en Cataluña según el ramo, entre un 20% y un 40% en Valencia y de un 20% a un 30% en el resto del país.

A través de la financiación estatal que recibían por la representación obtenida, los privilegios concedidos como “sindicatos más representativos” y la restricción creciente de los derechos democráticos internos de la afiliación, se fue fortaleciendo una burocracia dirigente, cada vez más independiente de la base afiliativa y de los trabajadores, y más dependiente del aparato estatal y de la patronal. Las huelgas, a diferencia del período anterior, se daban ahora sólo por motivos económicos y, a pesar de que las direcciones sindicales habían aceptado los topes salariales, muchas movilizaciones se enfrentaron a la pérdida de poder adquisitivo provocada por los Pactos de la Moncloa. Se produjeron varias huelgas generales en la construcción y en el metal. Sin embargo, el número de jornadas de huelga disminuyó sensiblemente en relación con los años anteriores.

Recursos para profundizar

Fuente

Democracia y sindicalismo de Estado. Elecciones sindicales en el área sanitaria de SevillaFernando Ventura Calderón.  Ed. Fundación Anselmo Lorenzo

Pactos de la Moncloa CNTPedia

El sindicalismo en la Transición Española (I)

Los nacientes sindicatos

A finales de 1975 y principios de 1976 no existen sindicatos que llamarse como tales, con afiliados, cotizaciones y vida orgánica. Comisiones Obreras (CCOO) es un movimiento sindical asambleario, carente de estructuras estables y varios miles de cuadros medios y simpatizantes con experiencia sindical obtenida ocupando cargos en el seno del Sindicato Vertical.

Las organizaciones sindicales históricas, Unión General de trabajadores (UGT) y Confederación Nacional del Trabajo (CNT), siempre se negaron a participar en la Confederación Nacional de Sindicatos (CNS), central única a la que obligatoriamente debían estar todos los trabajadores españoles en las Uniones de Trabajadores y Técnicos (UTT).

La estrategia de UGT y de CNT se dirigió a mantener una estructura sindical propia, lo que las llevó a ser desarticuladas una y otra vez. En contraposición, tanto CCOO como la Unión Sindical Obrera (USO), nacidas en la década de los 60 y adaptadas a la vida clandestina, participaban en las elecciones sindicales que promocionaba el régimen de Franco. La Gaceta de Derecho Social, en su número 71, da la cifra de un 30% de delegados adscritos a las Candidaturas Unitarias Democráticas impulsadas por USO y CCOO. Otros autores llegan a dar la cifra del 80% de delegados pertenecientes o simpatizantes de CCOO (Marín Arce, 97 : 22).

En esta época (1975) la UGT es casi inexistente, pero va a contrarrestar su falta de influencia entre los trabajadores con el apoyo del movimiento sindicalista internacional afín a los partidos socialistas, que la dotaran de medios económicos y diversas infraestructuras. UGT también se beneficiará del beneplacito y tolerancia de los primeros gobiernos de la Transición (celebrara su primer congreso en España en el mes de abril de 1976) interesados en favorecer la pluralidad sindical e impedir la implantación de una central sindical única en manos comunistas, dada la gran influencia del PCE en CCOO. Aunque CCOO fue en un principio punto de confluencia de una amalgama de grupos cristianos de base, socialistas, comunistas, anarquistas e independientes, el PCE consiguió hacerse con la hegemonia a la hora de dirigir este movimiento. Un informe del Ministerio de Gobernación de noviembre de 1971 manifestaba que las Comisiones Obreras eran

un movimiento controlado y férreamente dirigido por sus líderes, militantes del PC. La solución es óptima, perfecta; dirigentes integrados en la férrea organización del Partido Comunista y masa desorganizada. El resultado es que el Partido Comunista dará coherencia al movimiento a través de sus dirigentes (Ibáñez y Zamora, 87:537, citado en HOLM, 95: 87)

En sus memorias, Rodolfo Martín Villa señala el miedo de la clase empresarial a que un fenómeno de este tipo pudiera llegar a asentarse como fuerza hegemónica sindical. El devenir de los acontecimientos hizo que la opción que finalmente triunfase fuese la de la pluralidad sindical.

Crecimiento sindical

Los sindicatos subieron en afiliación hasta 1978 de una manera desmesurada, sobre todo en lo que se refiere a la UGT y a CCOO, que pasaron de tener unos pocos de miles de afiliados, a declarar más de un millón a a finales de 1.977. En junio de 1.978, mientras realiza su primer Congreso, CCOO da, como datos de afiliación, la cifra de 1.840.441. La progresión de l a UGT fue similar. De unos casi inexistentes afiliados en 1976, pasa a declarar 2.020.000 adherentes en 1978 (González-Fierro, 97). Sean o no fiables estas cifras – que no lo son de ninguna manera, porque entonces los sindicatos no afiliaban, sino que repartían carnets -, fueron un singo de auténtica avalancha que parecía iba a conmocionar las bases de la sociedad española. Nunca en este país había sucedido nada similar.

La época del pacto y del consenso

Sin embargo, los planes de los nuevos dirigentes políticos españoles iban por el camino de lo que se llamaría el pacto y el consenso. El gobierno poseía por su lado el apoyo del ejército, la policía, el control del aparato del Estado, de los medios de comunicación, los recursos financieros importantes y la fuerza de las oligarquías capitalistas. La oposición no estaba en condiciones de destabilizarlo, ni de forzar un recambio inmediato. No poseía una capacidad de movilización suficiente, carecía de medios, se mantenía en una semiclandestinidad tolerada y recibía presiones de grupos políticos extranjeros de Europa y EEUU para evitar el establecimiento en España de algo parecido a una dictadura comunista.

Se estableció el compromiso con los políticos liberales herederos del franquismo de traer a España de forma ordenada un régimen democrático de corte europeo, y para ello había que tranquilizar a las clases dominantes: no se pedirían responsabilidades a los jefes de la dictadura, de la policía y del ejército. No habría un nuevo Nüremberg. No se tocarían los intereses económicos del patronariado, sus empresas y latifundios. Se mantendría a todos los cargos franquistas en sus puestos. Se aceptaría el status privilegiado del catolicismo. El rey nombrado por Franco sería de forma incuestionable el Jefe del Estado. A cambio los miembros de partidos políticos y sindicatos aspiraban a obtener el estatuto de sus colegas de Europa Occidental.

La ofensiva ideológica contó con el apoyo de los medios de comunicación, y con la adhesión de los principales partidos políticos nacionalistas, el PSOE y destacando sobre todos ellos, el PCE (Tusell, 99:22, 67 y 71) aunaron esfuerzos para tranquilizar a la clase obrera.

El Eurocomunismo

La responsabilidad del PCE en la tarea de estabilizar la democracia fue decisiva (Tusell, ,1999:22). Desde su legalización, aceptó los símbolos monárquicos, renunciando a los suyos, al leninismo, a la república y a la ruptura democrática. Su líder, Santigo Carrillo, había derivado políticamente del estalinismo a lo que fue llamado eurocomunismo. El plan de Carrillo consistía en moderar al partido, de forma que fuera capaz de ocupar el espacio electoral del PSOE, algo similar a lo que ocurría en Italia con el Partido Comunista Italiano.

Las perspectivas del Partido Comunista eran buenas. En la última etapa del franquismo había articulado la oposición interior. El mismo Franco le hizo mucha propaganda al considerarlo su principal y peor enemigo. Además, el PCE estaba bien situado en CCOO, único proyecto sindical con vida activa en la escena política española. El PCE, buscando la hegemonía sindical y política, impidió que CCOO se constituyera como sindicato en 1976/77, aprovechando su presencia masiva en puestos clave de su estructura. Téngase en cuenta que la primera ejecutiva elegida formalmente en el verano de 1.978 por CCOO constaba de 38 miembros del PCE, dos independientes, dos del Movimiento Comunista y uno de la Liga Comunista Revolucionaria (ver Cambio 16, número 344). En estas condiciones era sencillo para el partido controlar la política sindical.

Con el retraso en su constitución, CCOO permitía que la UGT, sin cuadros, militantes ni afiliados, se consolidase. A cambio, el PCE recibía el compromiso del PSOE de esperar y promover la legalización del PCE cara a las primeras elecciones generales. CCOO, supeditada de ser la principal y única fuerza sindical española.

Una segunda versión cuenta que tampoco hay que olvidar que aunque en estos años los mensajes invitando a la unidad sindical por parte de todos los líderes son constantes, e incluso se llegó a realizar un intento orgánico a través de la COS (Coordinadora de Organizaciones Sindicales), que incluía a UGT, CCOO y USO, la realidad es que ninguna organización estaba dispuesta a fusionarse. De lo que se hablaba más bien era de la forma de absorber a otros proyectos, y de no poderse hacer así, de desmantelar sus estructuras. La estrategia de CCOO tendía a acaparar las estructuras de la organización sindical franquista, y a la convocatoria de un congreso sindical del que surgiera una única central hegemónica (ella misma) (Tusel, 99:40). Los sucesivos retrasos consiguieron que se consolidaran otros proyectos – que de ninguna manera querían la unidad -, sobre todo los nacionalismos periféricos (ELA, CIG) y la UGT.

Moderación de la izquierda

De una una u otra forma los deseos de moderación fueron comunes en los líderes del PCE y del PSOE, y los trasmiteron a sus respectivos sindicatos, CCOO y UGT.

Por primera vez en la historia de España, los líderes de los principales sindicatos hacían causa común con el régimen por encima de ideologías (Marín Arce, 97:77-78). El objetivo común consistía en consolidar la democracia, conseguir que se realizaran las elecciones generales. Y para ello había que aceptar el capitalismo. El repaso de la prensa de 1.976/77 permite rememorar múltiples parlamentos de este tipo: por ejemplo los llamamientos a la serenidad de Marcelino Camacho, tras los sucesos huelguísticos de 1.976 que dejaron 5 muertos en las calles, afirmando que lo importante en ese momento en España era la celebración de unas elecciones generales libres. O las serenas manifestaciones de repusa de a los asesinatos de cinco abogados laboralistas de CCOO, que terminaron de convencer a Adolfo Suárez de la sensatez y capacidad institucional del PCE. O a Santiago Carrillo saludando los Pactos de la Moncloa en noviembre y diciembre de 1.977, porque defendían los intereses generales del país, por encima de los interes egoístas de los partidos. Sin contar el discurso liberal (basta repasar alguna colección de revistas de la época) que saludaba los múltiples discursos izquierdistas de este tipo tildándolos de razonables.

Fuente

Democracia y sindicalismo de Estado. Elecciones sindicales en el área sanitaria de SevillaFernando Ventura Calderón.  Ed. Fundación Anselmo Lorenzo