El sindicalismo en la Transición Española (I)

Los nacientes sindicatos

A finales de 1975 y principios de 1976 no existen sindicatos que llamarse como tales, con afiliados, cotizaciones y vida orgánica. Comisiones Obreras (CCOO) es un movimiento sindical asambleario, carente de estructuras estables y varios miles de cuadros medios y simpatizantes con experiencia sindical obtenida ocupando cargos en el seno del Sindicato Vertical.

Las organizaciones sindicales históricas, Unión General de trabajadores (UGT) y Confederación Nacional del Trabajo (CNT), siempre se negaron a participar en la Confederación Nacional de Sindicatos (CNS), central única a la que obligatoriamente debían estar todos los trabajadores españoles en las Uniones de Trabajadores y Técnicos (UTT).

La estrategia de UGT y de CNT se dirigió a mantener una estructura sindical propia, lo que las llevó a ser desarticuladas una y otra vez. En contraposición, tanto CCOO como la Unión Sindical Obrera (USO), nacidas en la década de los 60 y adaptadas a la vida clandestina, participaban en las elecciones sindicales que promocionaba el régimen de Franco. La Gaceta de Derecho Social, en su número 71, da la cifra de un 30% de delegados adscritos a las Candidaturas Unitarias Democráticas impulsadas por USO y CCOO. Otros autores llegan a dar la cifra del 80% de delegados pertenecientes o simpatizantes de CCOO (Marín Arce, 97 : 22).

En esta época (1975) la UGT es casi inexistente, pero va a contrarrestar su falta de influencia entre los trabajadores con el apoyo del movimiento sindicalista internacional afín a los partidos socialistas, que la dotaran de medios económicos y diversas infraestructuras. UGT también se beneficiará del beneplacito y tolerancia de los primeros gobiernos de la Transición (celebrara su primer congreso en España en el mes de abril de 1976) interesados en favorecer la pluralidad sindical e impedir la implantación de una central sindical única en manos comunistas, dada la gran influencia del PCE en CCOO. Aunque CCOO fue en un principio punto de confluencia de una amalgama de grupos cristianos de base, socialistas, comunistas, anarquistas e independientes, el PCE consiguió hacerse con la hegemonia a la hora de dirigir este movimiento. Un informe del Ministerio de Gobernación de noviembre de 1971 manifestaba que las Comisiones Obreras eran

un movimiento controlado y férreamente dirigido por sus líderes, militantes del PC. La solución es óptima, perfecta; dirigentes integrados en la férrea organización del Partido Comunista y masa desorganizada. El resultado es que el Partido Comunista dará coherencia al movimiento a través de sus dirigentes (Ibáñez y Zamora, 87:537, citado en HOLM, 95: 87)

En sus memorias, Rodolfo Martín Villa señala el miedo de la clase empresarial a que un fenómeno de este tipo pudiera llegar a asentarse como fuerza hegemónica sindical. El devenir de los acontecimientos hizo que la opción que finalmente triunfase fuese la de la pluralidad sindical.

Crecimiento sindical

Los sindicatos subieron en afiliación hasta 1978 de una manera desmesurada, sobre todo en lo que se refiere a la UGT y a CCOO, que pasaron de tener unos pocos de miles de afiliados, a declarar más de un millón a a finales de 1.977. En junio de 1.978, mientras realiza su primer Congreso, CCOO da, como datos de afiliación, la cifra de 1.840.441. La progresión de l a UGT fue similar. De unos casi inexistentes afiliados en 1976, pasa a declarar 2.020.000 adherentes en 1978 (González-Fierro, 97). Sean o no fiables estas cifras – que no lo son de ninguna manera, porque entonces los sindicatos no afiliaban, sino que repartían carnets -, fueron un singo de auténtica avalancha que parecía iba a conmocionar las bases de la sociedad española. Nunca en este país había sucedido nada similar.

La época del pacto y del consenso

Sin embargo, los planes de los nuevos dirigentes políticos españoles iban por el camino de lo que se llamaría el pacto y el consenso. El gobierno poseía por su lado el apoyo del ejército, la policía, el control del aparato del Estado, de los medios de comunicación, los recursos financieros importantes y la fuerza de las oligarquías capitalistas. La oposición no estaba en condiciones de destabilizarlo, ni de forzar un recambio inmediato. No poseía una capacidad de movilización suficiente, carecía de medios, se mantenía en una semiclandestinidad tolerada y recibía presiones de grupos políticos extranjeros de Europa y EEUU para evitar el establecimiento en España de algo parecido a una dictadura comunista.

Se estableció el compromiso con los políticos liberales herederos del franquismo de traer a España de forma ordenada un régimen democrático de corte europeo, y para ello había que tranquilizar a las clases dominantes: no se pedirían responsabilidades a los jefes de la dictadura, de la policía y del ejército. No habría un nuevo Nüremberg. No se tocarían los intereses económicos del patronariado, sus empresas y latifundios. Se mantendría a todos los cargos franquistas en sus puestos. Se aceptaría el status privilegiado del catolicismo. El rey nombrado por Franco sería de forma incuestionable el Jefe del Estado. A cambio los miembros de partidos políticos y sindicatos aspiraban a obtener el estatuto de sus colegas de Europa Occidental.

La ofensiva ideológica contó con el apoyo de los medios de comunicación, y con la adhesión de los principales partidos políticos nacionalistas, el PSOE y destacando sobre todos ellos, el PCE (Tusell, 99:22, 67 y 71) aunaron esfuerzos para tranquilizar a la clase obrera.

El Eurocomunismo

La responsabilidad del PCE en la tarea de estabilizar la democracia fue decisiva (Tusell, ,1999:22). Desde su legalización, aceptó los símbolos monárquicos, renunciando a los suyos, al leninismo, a la república y a la ruptura democrática. Su líder, Santigo Carrillo, había derivado políticamente del estalinismo a lo que fue llamado eurocomunismo. El plan de Carrillo consistía en moderar al partido, de forma que fuera capaz de ocupar el espacio electoral del PSOE, algo similar a lo que ocurría en Italia con el Partido Comunista Italiano.

Las perspectivas del Partido Comunista eran buenas. En la última etapa del franquismo había articulado la oposición interior. El mismo Franco le hizo mucha propaganda al considerarlo su principal y peor enemigo. Además, el PCE estaba bien situado en CCOO, único proyecto sindical con vida activa en la escena política española. El PCE, buscando la hegemonía sindical y política, impidió que CCOO se constituyera como sindicato en 1976/77, aprovechando su presencia masiva en puestos clave de su estructura. Téngase en cuenta que la primera ejecutiva elegida formalmente en el verano de 1.978 por CCOO constaba de 38 miembros del PCE, dos independientes, dos del Movimiento Comunista y uno de la Liga Comunista Revolucionaria (ver Cambio 16, número 344). En estas condiciones era sencillo para el partido controlar la política sindical.

Con el retraso en su constitución, CCOO permitía que la UGT, sin cuadros, militantes ni afiliados, se consolidase. A cambio, el PCE recibía el compromiso del PSOE de esperar y promover la legalización del PCE cara a las primeras elecciones generales. CCOO, supeditada de ser la principal y única fuerza sindical española.

Una segunda versión cuenta que tampoco hay que olvidar que aunque en estos años los mensajes invitando a la unidad sindical por parte de todos los líderes son constantes, e incluso se llegó a realizar un intento orgánico a través de la COS (Coordinadora de Organizaciones Sindicales), que incluía a UGT, CCOO y USO, la realidad es que ninguna organización estaba dispuesta a fusionarse. De lo que se hablaba más bien era de la forma de absorber a otros proyectos, y de no poderse hacer así, de desmantelar sus estructuras. La estrategia de CCOO tendía a acaparar las estructuras de la organización sindical franquista, y a la convocatoria de un congreso sindical del que surgiera una única central hegemónica (ella misma) (Tusel, 99:40). Los sucesivos retrasos consiguieron que se consolidaran otros proyectos – que de ninguna manera querían la unidad -, sobre todo los nacionalismos periféricos (ELA, CIG) y la UGT.

Moderación de la izquierda

De una una u otra forma los deseos de moderación fueron comunes en los líderes del PCE y del PSOE, y los trasmiteron a sus respectivos sindicatos, CCOO y UGT.

Por primera vez en la historia de España, los líderes de los principales sindicatos hacían causa común con el régimen por encima de ideologías (Marín Arce, 97:77-78). El objetivo común consistía en consolidar la democracia, conseguir que se realizaran las elecciones generales. Y para ello había que aceptar el capitalismo. El repaso de la prensa de 1.976/77 permite rememorar múltiples parlamentos de este tipo: por ejemplo los llamamientos a la serenidad de Marcelino Camacho, tras los sucesos huelguísticos de 1.976 que dejaron 5 muertos en las calles, afirmando que lo importante en ese momento en España era la celebración de unas elecciones generales libres. O las serenas manifestaciones de repusa de a los asesinatos de cinco abogados laboralistas de CCOO, que terminaron de convencer a Adolfo Suárez de la sensatez y capacidad institucional del PCE. O a Santiago Carrillo saludando los Pactos de la Moncloa en noviembre y diciembre de 1.977, porque defendían los intereses generales del país, por encima de los interes egoístas de los partidos. Sin contar el discurso liberal (basta repasar alguna colección de revistas de la época) que saludaba los múltiples discursos izquierdistas de este tipo tildándolos de razonables.

Fuente

Democracia y sindicalismo de Estado. Elecciones sindicales en el área sanitaria de SevillaFernando Ventura Calderón.  Ed. Fundación Anselmo Lorenzo

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